El cuento de nunca acabar
No sé exactamente cuántas veces intenté darle un rumbo a este cuento. Solo recuerdo que lo inicié una noche bonita en la que no habían ideas, solo existían recuerdos. Todo en él me trae de vuelta a un sueño persistente de mi juventud donde había mucha naturaleza y elementos campestres que simplificaban el desarrollo de los hechos.
19 de Junio de 2015
Ese día bonito de campo repleto de encantos naturales y brisa fresca terminó con un fuerte rasguño en la espalda. Justo frente al lago, cuando veía el agua verdosa y espumosa frente a mis ojos, lo sentí punzante e hiriente sobre mi vestido blanco. Apenas tuve oportunidad de respirar mientras contenía una mueca de horror, el desconcierto y el dolor quedaron vibrando en mi propio reflejo cuando me precipité en aquel profundo pantano. No tuve tiempo de voltear para reconocer el origen de aquel desafortunado empujón que ardió sobre mi piel como si un filoso vidrio se clavara sobre la tela produciéndome un irreparable daño.
27 de agosto de 2016
Caí sin tocar las ramas nudosas, en una torrente marrón repleta de hojitas de otoño, y pude ver casi con perplejidad el rostro que se dibujaba en la superficie mientras mi cuerpo se abrazaba al musgo lodoso de un fondo inevitable. ¿Cuánto fue que tardé en hundirme, como una roca pesada en un vacío inexplorado? Porque sentí que el tiempo se detuvo mientras mi cuerpo palpitaba y se encogía con cada desesperada respiración, ya el líquido oscuro y sucio me inundaba la boca y la garganta agobiada. En ese instante fui muy consciente de ese mundo apacible del que ahora sería parte para siempre, con una corriente pausada que arrastraba hojas verdes enormes y tierra perfumada.
03 de diciembre de 2019
Esta mañana había jugado yo con aquella inocente naturaleza, que ahora me acogía para nunca más soltarme. Vi desde las piedras cuando él se acercaba a la cabaña, cuando mi madre hacía pan. Había llegado antes, con esos ojos hundidos que siempre miraban al suelo y un pañuelo negro entre sus manos.
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